La mirada de Elliot ardía con una intensidad que a Sofía le costaba soportar. Su mano derecha seguía extendida sobre el vientre de ella, ejerciendo una presión mínima, casi imperceptible, pero que para Sofía se sentía como una marca a fuego. El vapor del baño comenzaba a disiparse, reemplazado por la corriente de aire frío que entraba desde el dormitorio a través de la puerta rota.—Sofía... —repitió Elliot, su voz bajando a un susurro rústico, denso—. Tu cuerpo... ¿qué está pasando contigo? Nunca te habías desmayado así. Ni siquiera cuando pasamos tres días sin dormir en el búnker de los Imperial.Sofía tragó saliva con dificultad. Sintió que la náusea amenazaba con regresar ante el propio estrés de la mentira, pero obligó a sus músculos faciales a relajarse. Tenía que ser la hacker fría de siempre, la mujer que controlaba los sistemas, no una víctima acorralada por sus propias hormo
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