El agua del lago estaba tan quieta que parecía un espejo de plomo bajo el cielo gris de la mañana. En la mesa de la cocina de la cabaña reconstruida, el segundero del reloj de pared avanzaba con un ritmo pesado, casi fúnebre.
Sofía sostenía una taza de café entre las manos, pero no bebía. Sus ojos estaban fijos en el sobre de cuero negro que el cartero federal había dejado sobre el porche hacía menos de una hora. No tenía remitente. Solo llevaba su nombre completo grabado en letras doradas y una