Layla miró al Alfa, y de repente sus fuerzas cedieron. Cayó de rodillas ante él, con la cabeza inclinada y los hombros temblorosos. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y su voz temblaba mientras suplicaba:—¡No soy una traidora! ¿Ya no me quieres, mi hermano Alfa? Mamá dijo que Luna Meissa hizo algo malo, y yo le creí… —Su voz se quebró, el sollozo escapando entre sus dientes apretados.Al ver a su hermana así, el corazón del Alfa se contrajo. A pesar de toda la tensión, del dolor que la reciente traición había causado, no pudo evitar sentir lástima. Layla siempre había sido su favorita entre las hermanas, la princesa de su familia, su confidente desde que eran pequeños. Incluso cuando las sombras de la manada amenazaban con dividirlos, él no podía dejar de protegerla.Con cuidado, se inclinó hacia ella y la tomó de los hombros, ayudándola a levantarse.—Bien, te creo —dijo con voz firme pero cálida—. No llores, hermana. Debemos aceptar lo que pasó y comportarnos como una familia
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