—Eso no es verdad —dijo Meissa—. ¡Yo, Meissa, no soy la amante de nadie! Nunca he entregado mi cuerpo ni mi alma, ni mi loba a otro macho. Mi lealtad y mi esencia le pertenecen a mi destino. Solo seré la amante, la esposa y la Luna de mi Alfa, Lysander. No hay nadie más en mi vida, ni lo habrá nunca.Al escuchar esa declaración de absoluta devoción, algo cambió en la expresión de Lysander.La dureza de sus facciones se suavizó y el brillo de duda en sus ojos empezó a desvanecerse. En lo más profundo de su pecho, su lobo interior, que había estado gruñendo con furia asesina, soltó un aullido de alegría.El vínculo de mate que los unía vibró con una calidez reconfortante, confirmando que ella decía la verdad.—Entonces, Meissa, si esto es mentira... explica qué significa este pergamino —pidió Lysander con voz ronca, tratando de mantener la compostura de un líder, aunque por dentro solo deseaba abrazarla.Meissa respiró hondo y dio un paso hacia el Alfa, ignorando la mirada de advertenc
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