El amanecer en el Valle del Café era una neblina plateada que envolvía las montañas. El Jardín de los Socios, cuidadosamente restaurado por Elías en secreto, era un oasis de paz falsa. La hierba estaba húmeda de rocío, y las primeras aves comenzaban su canto. Luna llegó sola, como se le había pedido, el corazón latiéndole con tanta fuerza que casi podía oírlo. Cada sombra entre los árboles le parecía una amenaza.
Miguel estaba allí, de pie junto al banco de piedra bajo el magnolia. Parecía inta