El camino al hospital fue un borrón de luces rojas intermitentes, el zumbido agudo de la sirena y el frío metálico del interior de la ambulancia. Luna, sentada al lado de la camilla, no soltaba la mano de Mateo, cuyos dedos estaban fríos y laxos. Sus ojos estaban clavados en su rostro pálido, en la mascarilla de oxígeno que se empañaba con cada respiración superficial. El hombro, vendado apresuradamente por los paramédicos, ya mostraba una mancha roja que se expandía.
—Está estable, señorita —d