La cafetería silenciosa del hospital, vacía a esa hora de la madrugada, se convirtió en el confesionario. Bajo la luz fluorescente, con dos tazas de té intactas entre ellas, Luna escuchaba. Elena Ríos hablaba con la calma trémula de quien ha guardado un veneno durante demasiado tiempo.
—La obsesión de Javier no empezó con la empresa —comenzó Elena, sus dedos acariciando el borde de la taza—. Empezó con tu madre, Isabel. Él la conoció primero, ¿sabes? En una reunión social. Quedó prendado de ell