Minutos después, ya estaban en casa. Claudia se sentó a revisar algunos pendientes mientras Santiago dormía. Necesitaba entretenerse y no pensar en Thiago. Él ya no estaba en su vida, y así debía seguir siendo. Aunque a ratos deseaba que, en algún momento, todo se arreglara entre ellos. Sonó el timbre. Fue hasta la puerta, abrió y se sorprendió al ver a Germán acompañado de una mujer de unos cincuenta años, ojos claros y sonrisa afable. —Sí, dígame, Germán. —Ella es Gertrudiz, su nueva empleada. —No necesito empleadas, Germán. —aclaró ella frunciendo el ceño. —Usted debe trabajar y alguien debe cuidar del niño. —explicó el guardaespaldas—. Gertrudiz es enfermera; se encargará de Santiago y de su dieta. Claudia lo miró con resignación. No tenía sentido discutir con él sabiendo de donde provenía aquella orden. —Un placer, señora Claudia —dijo la mujer, estrechando su mano. —Pase adelante, Gertrudiz. La mujer sonrió y entró mientras Germán se retiraba. —Disculpe mi actitud. Est
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