Tras la salida de Almary de su despacho, Verónica cerró la puerta con seguro y se acercó a su amante.
—Este caso quedará en tus manos. —afirmó—. Eres mi mejor carta en este juego.
—Gracias, mi amor. —respondió él—. Haré siempre lo que me pidas.
El tono de su voz estaba cargado de complicidad y perversión.
—¿Sí? A ver —Verónica levantó su falda hasta las caderas, se sentó a horcajadas y comenzó a deslizarse sobre él.
El roce de su sexo ardiente encendió de inmediato a Thiago.
—¿Te gusta?