Paul recibió la llamada de su asistente. —Muy bien, Alejandra, estaré en contacto contigo estos días. Esa mujer es muy importante para mí, no le puede ocurrir nada. —aseveró— Dile a Germán que, si llegaba a pasarle algo, aunque sea un mínimo rasguño, va a preferir suicidarse. —Sí, jefe. Le daré su recado —Alejandra tragó en seco y finalizó la llamada. Conocía bien a Bellini; más de cinco años a su lado le habían enseñado que no era un hombre de amenazas. En su mundo, las palabras no servían para asustar, sino para anunciar lo inevitable. Mientras tanto, Germán condujo hasta la casa de Claudia. Su presencia llenaba el interior del auto: alto, fornido, de porte casi británico y facciones duras, la observaba a intervalos breves a través del retrovisor. Claudia percibió esas miradas, pero eligió ignorarlas. Su mente estaba en otra parte. Sólo quería llegar a su casa y contactar al médico de su hijo. Cuando el auto se detuvo, el sobresalto fue inmediato. Reconoció la calle, la f
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