La intrusa

Santiago despertó. Su madre aguardaba sentada junto a la cama, esperando ansiosa ver de nuevo aquellos ojos inocentes y su sonrisa única.

—¡Mamita! —dijo con emoción.

Claudia se levantó del sofá y se acercó a él.

—Hola, mi príncipe, aquí estoy —respondió mientras tomaba su mano.

En un acto reflejo, el niño intentó incorporarse en la cama.

—No, mi amor, no puedes moverte todavía. —murmuró ella con voz suave—. Debes esperar a recuperarte.

—Entonces, ¿para qué me operaron si no puedo move
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