Lady Valeria de Armandelle estaba sentada bajo el pabellón de piedra blanca con la elegancia serena de alguien que pertenecía a aquel lugar mucho antes de que Lyria pusiera un pie en el palacio. La mesa de té frente a ella parecía demasiado perfecta para haber sido preparada con prisa: porcelana fina, frutas cuidadosamente acomodadas y una tetera de plata de la que aún escapaba vapor.
El viento movía apenas las telas claras que rodeaban el pabellón, y la luz de la tarde caía sobre Valeria de un