El martes amaneció gris y lluvioso, pero la oficina seguía llena de actividad. Intenté concentrarme en los informes y en las tareas pendientes, pero cada vez que entraba Adrián a la sala, mi concentración desaparecía. No era solo su presencia ruda y segura; era la tensión que parecía generarse a su alrededor, esa electricidad que yo sentía cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos.—Señorita Ruiz —dijo, su voz grave y firme mientras me entregaba un dossier—. Necesito que revises esto y me informes antes del mediodía.—Sí, señor —contesté, intentando mantener la voz neutra, aunque mi corazón latía más rápido de lo habitual.Mientras revisaba los documentos, sentí cómo se acercaba a mí, apoyándose ligeramente en el borde de mi escritorio. Su presencia era ruda, firme y, sin embargo, provocadora. Cada vez que hablaba, la forma en que su mirada me evaluaba me hacía sentir vulnerable y, al mismo tiempo, consciente de algo que no podía controlar.—Veo que has completado las tareas de l
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