Sentada en un rincón, al final de la sala de hospitalización, Alma velaba el descanso de Amaro. Había cuatro pacientes más allí, ninguno tan pálido como él. El segundo, desde la entrada, se quejaba constantemente y despertaba a los otros, menos a Amaro. En algún momento, durante la noche, cuando a ella misma le dio frío, le pidió a una enfermera una frazada para tapar a Amaro. Le llevaron una dos horas después y no olía muy bien. Procuró cubrirlo. De vez en cuando, se acercaba y revisaba su aspecto en busca de mejoría. Le acariciaba la cabeza que antes deseaba partir con el martillo. Finalmente, acomodada en su rincón, logró dormir lo que el segundo paciente le permitió. Amaro se despertó cerca de las diez de la mañana del día siguiente. Miró para todos lados y luego su expresión de espanto se tranquilizó al hallar a Alma a su lado. —Te ves fatal —le dijo, con tono de burla, pero ella estaba lejos de sonreír, imaginó que era producto del engaño—. De verdad no me acuerdo de
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