Víctor Salvo se paseaba de un lado a otro en la habitación como fiera enjaulada.
—¡Te dejé a cargo de una enfermera profesional! ¿Cómo pudo pasar esto?!
En la camilla, Eloísa reposaba pálida, conectada a oxígeno, muy débil luego de no haber podido pegar un ojo en toda la noche.
—Fue mi culpa —balbuceó bajo, casi en un jadeo—. Le insistí en ir a la playa.
—¡¿A la playa en tu estado?! —exclamó con indignación y un bronceado magnífico—. Tú puedes pedirle ir a la luna, ¿dónde queda su criterio p