El humo que había en el aire hizo que Eloísa tosiera de nuevo. Fue cuando Dean comprendió que no se trataba de ningún ángel.
—¿Estás herido? —preguntó Eloísa, con esfuerzo.
Dean se miró las manos; sus vendas estaban destruidas.
—Busquemos a Alma, déjame ayudarte.
La mujer seguía tosiendo; era ella quien necesitaba ayuda.
Mientras tanto, Lidia y Alma buscaban a Dean por toda la casa, traspasando cada línea roja que hallaban. Alma llegó a un elegante salón, con un piano de cola en un ext