Tobar esperó hasta el atardecer para ir a ver a Amaro. Estacionó su auto frente a la entrada, cuya puerta estaba abierta.
Se asomó, intrigado. Amaro estaba sentado al pie de la escalera, con la deprimente expresión de un hombre rico que ahora era pobre. Lo peor de todo, abrazaba un auto de felpa como si fuera un niño.
La carencia de liquidez lo había enloquecido.
—No te ves nada bien, muchacho. No ha pasado ni un día y ya exhudas el nauseabundo aroma de la miseria. Desearía traerte mejores