El calor a sus espaldas era insoportable, la villa, que había sido el refugio de sus horas más felices, ahora era un esqueleto de llamas que crujía bajo el peso de su propia destrucción, en el borde del acantilado, donde la piedra se encontraba con el vacío y el rugido del mar golpeaba contra las rocas diez metros más abajo, la lucha por la supervivencia había alcanzado su punto de no retorno. Sebastián y Ricardo Miller forcejeaban en el suelo, dos sombras recortadas contra el resplandor naranja del incendio, Ricardo, impulsado por una locura que le otorgaba una fuerza física antinatural, mantenía sus manos cerradas alrededor del cuello de Sebastián, sus ojos, antes fríos y calculadores, estaban inyectados en sangre y reflejaban el fuego que lo rodeaba. —¡Tú me lo quitaste todo! —Rugía Ricardo, su voz desgarrada por el humo.—¡Mi nombre, mi empresa, mi hija! ¡Si yo voy al infierno, tú me servirás de alfombra! Sebastián, con los pulmones ardiendo y la herida del atentado reciente p
Leer más