El aire en el almacén 4 de los muelles estaba cargado de humo y del olor metálico de la pólvora, tras la incursión táctica de Marcus y la revelación de Sebastián, el control parecía haber vuelto a manos de los Cavalli, Ricardo Miller yacía en el suelo, custodiado por dos hombres de Marcus, mientras Elena era atendida por los paramédicos en una zona segura de la entrada. Sebastián, despojado de sus gafas y de su farsa, se encontraba en el centro del hangar, su mirada, ahora afilada y directa, buscaba a Clara, ella estaba a pocos metros, exhausta, apoyada contra un contenedor de carga, con el rostro sucio pero los ojos brillantes de alivio al ver a su madre a salvo. —Se acabó, Clara —dijo Sebastián, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas, tu padre no volverá a tocarte. Pero el alivio duró poco, un sonido metálico, el de un arma siendo amartillada, provino de las sombras de la pasarela superior, una estructura de acero que recorría el techo del almacén. —¿De verda
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