La penumbra del estudio de Sebastián Cavalli solía ser su refugio, un lugar donde el tacto y el oído eran sus únicos guías, pero hoy, la oscuridad era una elección, una máscara que ocultaba el arma más peligrosa que poseía, sus ojos, sentado en su sillón de cuero, con la mirada perdida en un punto fijo del ventanal, Sebastián observaba el reflejo en el cristal, podía verlo todo, podía ver el polvo bailando en un rayo de sol y, lo más importante, podía ver a la mujer que acababa de entrar sin llamar. No era Clara, el perfume la delató antes que la vista; era una fragancia intensa, cara y agresiva, era la verdadera Isabella Miller. Sebastián no movió un solo músculo, mantuvo la barbilla ligeramente elevada y las pupilas fijas, simulando ese vacío vidrioso que había perfeccionado frente al espejo del hospital. —Sebastián… —La voz de Isabella era un ronroneo ensayado, una imitación barata de la dulzura que Clara le entregaba sin esfuerzo, me han dicho que las noticias del médico f
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