Natasha Sinclair había aprendido a los dieciocho años que observar bien era más útil que hablar bien. Su padre se lo había enseñado sin proponérselo, en las cenas de negocios a las que la llevaba desde que tuvo edad suficiente para sentarse en una mesa de adultos sin avergonzarlo. Gerald Sinclair no le decía: observa. Gerald Sinclair simplemente la llevaba y después, en el coche de vuelta, le preguntaba qué había visto.Al principio ella respondía lo obvio: nombres, cargos, acuerdos. Después aprendió a responder lo que importaba. Quién miraba a quién antes de hablar. Quién tocaba la copa sin beber. Quién sonreía con la boca y no con los ojos. En doce años de aplicar ese método en salas de reuniones, cenas privadas y eventos en cuatro países, Natasha había cometido dos errores de observación.Este era el tercero.Lo había notado en el evento de la Fundación Meridian, tres semanas atrás. No la primera vez que Liam y ella coincidían en el mismo salón; habían coincidido antes, con la natu
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