Karl llevaba dieciséis minutos esperando. No en el pasillo, ni fingiendo revisar el teléfono frente a la puerta del despacho. Estaba sentado en la silla de siempre, al otro lado de la mesa de Alice, con la carpeta de contratos cerrada sobre las rodillas y la vista fija en el ventanal. Desde donde estaba no veía la bahía entera; veía, sobre todo, el reflejo de Alice hablando. Alice al teléfono no era otra persona. Era la misma, pero comprimida. La voz bajaba medio tono y las palabras salían en secuencias precisas, sin el espacio que casi todo el mundo deja entre una frase y la siguiente por cortesía, duda o necesidad de ser aprobado. Karl había pensado más de una vez que Thomas había dejado esa marca en ella: la disciplina de no regalar silencios cuando el otro podía usarlos en su contra. La observó durante dieciséis minutos. La forma en que sostenía el teléfono. La curva leve del cuello al inclinarse sobre el bloc. La mano izquierda anotando fechas, cifras, nombres, sin perder
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