La terraza del Hotel Miller a las seis de la tarde tenía esa luz que Miami reserva para los atardeceres de enero: horizontal, dorada, del tipo que entra por los lados y hace que todo parezca más sólido que de costumbre, como si la luz misma estuviera confirmando que las cosas que ilumina merecen existir.
Alice lo había notado antes, en otras tardes desde esa misma terraza.
Esta noche no lo notó hasta después.
Habían terminado el repaso del calendario de la próxima semana — las reuniones de obra