Natasha Sinclair había aprendido a los dieciocho años que observar bien era más útil que hablar bien. Su padre se lo había enseñado sin proponérselo, en las cenas de negocios a las que la llevaba desde que tuvo edad suficiente para sentarse en una mesa de adultos sin avergonzarlo. Gerald Sinclair no le decía: observa. Gerald Sinclair simplemente la llevaba y después, en el coche de vuelta, le preguntaba qué había visto.
Al principio ella respondía lo obvio: nombres, cargos, acuerdos. Después ap