Valeria llamó a las siete y algo.Demasiado temprano para que fuera una cortesía.Alice estaba frente al espejo del baño, cepillo en mano, mirando el mismo rostro de siempre y detectando, como cada mañana, esos cambios mínimos que nadie más debía notar todavía: el cansancio más hondo, el brillo extraño en los ojos, una curva casi inexistente que la ropa correcta todavía podía negar.—Alice —dijo Valeria, sin saludo—. Necesito que me escuches con calma.No era una introducción.Era un aviso.Alice dejó el cepillo sobre el lavamanos.—¿Qué pasó?Valeria tardó un segundo, como si eligiera el orden exacto de las palabras.—Liam firmó.Durante un instante, Alice sintió algo peligrosamente parecido al alivio.No era alegría.Era la sensación de que, por una vez, el mundo podía darle algo simple:él no iba a pelear.—¿Firmó todo? —preguntó demasiado rápido.—Firmó lo básico. Los papeles. La aceptación.Alice tragó saliva.Se permitió imaginarlo: Liam sentado frente a un abogado, firmando sin
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