La puerta se abrió sin prisa.
Margaret Walton entró como si el aire de la oficina le perteneciera. No miró el marco, no midió el espacio; lo ocupó. Traje Chanel en gris perla, bolso Hermès, el perfume exacto de las cenas donde las sonrisas eran contratos.
Alice no se levantó. Se quedó detrás del escritorio de Thomas Miller, las manos quietas sobre la madera como si ese peso antiguo la anclara.
Margaret cerró la puerta con un clic suave que sonó más fuerte que un portazo.
—Hermosa oficina —dijo,