El teléfono pesaba.
Alice lo supo porque lo tomó tres veces antes de encender la pantalla, como si mirar fuera a volver la mañana irreversible.
6:42 AM.
Cuarenta y siete llamadas perdidas.
Valeria.
Emma.
Números desconocidos.
Dos contactos de prensa que llevaban semanas callados.
Y notificaciones entrando sin parar. Como agua por una llave rota.
Había dormido a tirones: diez minutos, sobresalto, otra vez el mismo sueño de voces y flashes.
Cada vibración era un latigazo.
El estómago se le revo