Una semana después, en el control prenatal siguiente, el sonido del corazón de Max volvió a llenar el consultorio con esa insistencia imposible de administrar. Alice estaba recostada en la camilla de la Dra. Sánchez con el vestido subido lo justo, una sábana fina sobre las piernas y el gel frío extendido sobre el vientre como una segunda capa de conciencia. Afuera, el día en Miami tenía esa luz blanca y excesiva que parecía diseñada por una ciudad incapaz de respetar la fragilidad ajena. Dentro del consultorio, en cambio, todo obedecía otra lógica: pantalla, cifras, respiraciones medidas, manos limpias, voz baja. —Sigue sin gustarme que haga tanto drama para algo tan pequeño —murmuró Alice, mirando la vibración rítmica en la pantalla. La Dra. Sánchez sonrió sin dejar de mover el transductor. —Eso no es drama. Es constancia. —Suena peor. —Solo porque aún no has dormido bien en semanas. Alice no discutió. No valía la pena fingir en consulta lo que luego el cuerpo desmentía con
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