A las cuatro y nueve, la tormenta ya no sonaba como amenaza. Sonaba como ocupación. La lluvia seguía golpeando el cristal del Miller con una constancia que volvía todo más íntimo de lo conveniente, pero había perdido el filo salvaje de antes. Ya no era un ataque. Era una presencia firme, instalada, casi disciplinada. El hotel resistía bien. Ninguna alarma. Ninguna filtración visible. Ningún drama que justificara el precio por noche. Solo ese leve crujido estructural que recordaba que incluso los edificios mejor hechos tienen que negociar, tarde o temprano, con la fuerza bruta del clima. Valeria volvió de la pequeña cocina con dos tazas nuevas. —Te estás aprovechando de que a esta hora no puedo renunciar —dijo Alice. —Es la primera ventaja concreta que me da la amistad contigo. Se sentó de lado en el sofá, una pierna doblada bajo el cuerpo, y la miró con esa atención seca que solo tienen las personas que te quieren de verdad y, por eso mismo, no están dispuestas a dejar pasar u
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