El silencio en la oficina de Gabriel era tan denso que el zumbido de la vieja lámpara de escritorio parecía un trueno. Liam estaba sentado en la silla de madera, con los hombros caídos y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo en el suelo. Gabriel, frente a él, mantenía una expresión de granito, mientras Lucas permanecía apoyado contra la puerta, cruzado de brazos, observando el drama con la paciencia de quien ha visto demasiadas tormentas.—Empezó hace unos meses —soltó Liam finalmente, con una voz que sonaba como si estuviera arrastrando piedras—. No fue algo planeado, Gabriel. Maldita sea, tú sabes cuánto respeto a Nicolás. Siempre me gustó Mía, desde hace años, pero me obligué a evitarla. Me repetía a mí mismo cada noche: "Joder, es la hermana de tu mejor amigo, es terreno prohibido".Liam soltó una risa seca, carente de humor, y se frotó la nuca.—Pero una noche... ella estaba sola en el muelle, y yo también. Había sido un turno de mierda, perdimos a un anciano en un incend
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