El turno había terminado oficialmente, pero el aire en la Estación 314 seguía cargado de la electricidad que dejaba el incendio y la frialdad de Isabella. Martha había servido una cena silenciosa, donde el único sonido era el de los cubiertos. Bella comió lo justo, manteniendo la mirada en su plato, ejecutando cada movimiento con la precisión de un autómata.Cuando Lucas se levantó para ir hacia la camioneta, se detuvo junto a ella.—Bella, ya es hora. Vamos a casa, te espero en el estacionamiento —dijo Lucas con tono amable, tratando de romper el hielo.Isabella dejó la servilleta sobre la mesa y lo miró con una cortesía distante que dolía.—No te preocupes, Lucas. Pueden adelantarse. Volveré sola, necesito caminar un poco.Gabriel, que estaba guardando unos informes a unos metros, se tensó al escucharla. Se acercó a ellos, con el ceño fruncido.—Thalassa no es Olimpia, Carrington. No es seguro que camines sola de noche por la carretera del muelle —dijo Gabriel, intentando que su voz
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