El entrenamiento de la tarde había sido un infierno. Gabriel parecía decidido a castigarla por el incidente de la camisa y el vestido de lino, obligándola a subir y bajar la escalera con el equipo completo bajo un sol que derretía el pavimento de Thalassa. Isabella sentía que sus músculos ardían y que su orgullo estaba a punto de romperse. Odiaba a ese hombre; odiaba su disciplina de hierro, su mirada gélida y la forma en que la hacía sentir tan pequeña y, a la vez, tan viva.
Aprovechando que G