Victoria entró al restaurante sintiendo cómo el murmullo del lugar y el aroma a café recién hecho la envolvían, ofreciéndole una falsa sensación de normalidad. Mateo, impecable como siempre, se puso de pie en cuanto la vio, dedicándole una mirada cargada de una ternura que a ella le costaba procesar. Se sentaron y, tras ordenar, el silencio fue breve. —Vicky, sobre el beso... —comenzó Mateo, buscando su mirada con una intensidad que delataba cuánto había pensado en ello. —Mateo, disculpa por haberme ido así —interrumpió ella rápidamente, tratando de mitigar la tensión. —Está bien —respondió él, aunque un rastro de melancolía cruzó su rostro—. Es solo que, a pesar de que nos vamos a comprometer, no hemos tenido tiempo para estar juntos. Siento que te escapas de mis manos cada vez que te acercas. —Tienes razón, y me disculpo —dijo Victoria, bajando la vista hacia su taza—. Es que he tenido demasiado trabajo con el nuevo proyecto de Obsidian. No ha sido fácil. Mateo soltó una p
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