La mañana del lunes en Obsidian se sentía distinta, cargada de una electricidad estática que hacía que el aire en el vestíbulo pareciera más pesado. Victoria cruzó las puertas de cristal con la mente fragmentada: por un lado, el recuerdo del beso pausado y protector de Mateo en el invernadero; por el otro, el silencio sepulcral de Daniel Meléndez.
Desde aquel desplante frente a su departamento y el gélido encuentro en el restaurante, Daniel se había convertido en un fantasma. Ella subió a su