La mano de Victoria seguía descansando suavemente sobre el hombro de Daniel, un anclaje tibio en medio de la tormenta social, mientras Adele observaba la escena con una satisfacción silenciosa y, a la vez, peligrosa. Para la matriarca, verlos operar como un frente unido calmaba apenas una fracción del caos y la decadencia que seguía rodeando a la familia, como si ese pequeño gesto de complicidad fuera una tregua firmada en el mismísimo infierno. Por un instante efímero, todo pareció extrañamente tranquilo. La música elegante de la orquesta, las luces cálidas que bañaban el salón y el murmullo de las conversaciones lejanas crearon una ilusión de paz. Incluso Daniel, que había pasado la noche con la guardia en alto, pareció haberse relajado apenas bajo el contacto ligero de Victoria, cediendo milímetros de su rigidez habitual. Y entonces, una voz masculina, arrastrada y cargada de una ironía mordaz, atravesó el momento exacto de calma: —Qué escena tan conmovedora. El ambiente cambió
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