El cielo permanecía completamente gris la mañana del entierro. Una llovizna fina, helada y constante cubría el enorme cementerio privado de la familia, humedeciendo la hierba y las lápidas de mármol, mientras decenas de personas vestidas de un riguroso negro permanecían alrededor del ataúd de Mónica en un silencio solemne, pesado y sofocante. Daniel permanecía de pie al frente de todos, justo al borde de la fosa. Inmóvil. Impecable. Completamente vestido de negro, con el abrigo oscuro empapándose lentamente bajo la llovizna. Parecía una estatua tallada en hielo, una figura mitológica condenada a cargar con el peso del mundo sin inmutarse. Durante toda la dolorosa ceremonia, no derramó una sola lágrima. No hubo un sollozo, no hubo un quiebre en su postura. Y aquello resultaba muchísimo más devastador de ver que cualquier muestra de llanto descontrolado. Porque Victoria, que no le quitaba los ojos de encima, podía notar perfectamente el agotamiento brutal, casi inhumano, escondido det
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