Victoria cerró apenas los ojos un segundo, obligándose a contener un gemido mientras intentaba ignorar el dolor punzante e implacable en su cabeza y el sabor metálico, denso y amargo, de la sangre que todavía sentía en la boca tras el impacto. El almacén estaba helado, como una cripta olvidada en la periferia de Valemont. La humedad impregnaba las ásperas paredes de concreto gris, y la única luz provenía de una lámpara amarillenta y sucia que parpadeaba intermitentemente sobre ellas, proyectand