El salón permanecía en un silencio absoluto, tan denso y cortante que se podía escuchar el tintineo de las lámparas de cristal balanceándose sutilmente en el techo. Los músicos de la orquesta habían dejado de tocar por completo, sosteniendo sus instrumentos con manos rígidas. Los invitados, los herederos y los grandes apellidos de Valemont fingían mirar hacia otra parte, concentrados de pronto en sus copas o en la nada, mientras en realidad miraban demasiado, devorando con los ojos el escándalo