Cuarenta minutos después… se escucharon motores afuera del almacén.
El rugido sordo de varios vehículos de gran tonelaje deteniéndose abruptamente sobre el concreto húmedo atravesó el silencio sepulcral del lugar como una advertencia fulminante. El sonido de los neumáticos derrapando levemente sobre los charcos de lluvia de Valemont erizó la piel de todos los presentes. Uno de los captores caminó con premura hacia una de las ventanas rotas y, ocultándose tras el marco carcomido, miró hacia el