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—No se atrevan a tocarla.

La voz de Daniel atravesó el altavoz del teléfono satelital con una frialdad tan absoluta, tan desprovista de cualquier matiz humano, que incluso el ambiente húmedo y helado del almacén pareció contraerse y tensarse alrededor de las palabras. No era una súplica, ni una advertencia ordinaria; era la promesa de una devastación inminente.

Uno de los hombres, el que sostenía el aparato en el aire, soltó una pequeña risa áspera, un sonido gutural que intentaba sacudirse
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