El interior del automóvil estaba sumido en un silencio absoluto, una quietud tan densa que volvía perceptible cada sutil zumbido del motor. La lluvia golpeaba suavemente las ventanas oscuras, dibujando hilos de agua que distorsionaban el exterior mientras el vehículo avanzaba lejos del cementerio, atravesando con parsimonia las calles grises y melancólicas de Valemont. Julián conducía en completo silencio desde el asiento delantero, manteniendo la vista fija en el camino asfaltado y respetando