La noche cayó lentamente sobre Valemont, trayendo consigo una llovizna fina y constante que golpeaba con suavidad los enormes ventanales del departamento. El ambiente en el interior permanecía oscuro, sumido en una penumbra silenciosa que solo era interrumpida por la tenue y parpadeante luz azulada del televisor encendido en la sala.
Daniel seguía ahí. No se había movido del sofá de cuero, el mismo lugar donde el cansancio lo había vencido la noche anterior. Ni siquiera parecía estar prestando