El cielo permanecía completamente gris la mañana del entierro. Una llovizna fina, helada y constante cubría el enorme cementerio privado de la familia, humedeciendo la hierba y las lápidas de mármol, mientras decenas de personas vestidas de un riguroso negro permanecían alrededor del ataúd de Mónica en un silencio solemne, pesado y sofocante.
Daniel permanecía de pie al frente de todos, justo al borde de la fosa. Inmóvil. Impecable. Completamente vestido de negro, con el abrigo oscuro empapánd