El cielo nublado y plomizo de Valemont apenas dejaba entrar algo de luz mortecina a través de los enormes ventanales del departamento, dibujando sombras alargadas sobre el suelo pulido mientras Daniel abría lentamente los ojos. Por un instante prolongado, permaneció completamente inmóvil sobre el sofá de cuero negro, con la mirada fija en el techo alto. Desorientado. Brutalmente agotado.
El cuello le dolía con una puntada aguda debido a la mala postura de la noche anterior, y todavía llevaba