La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de la habitación, bañando todo en una luz dorada y pálida. Victoria despertó primero; el silencio de la mansión era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de Daniel. Se cubrió con la sábana, moviéndose con cautela, y caminó hacia el baño. Al pasar junto al sillón, se detuvo unos segundos. Observó a Daniel, quien dormía con el rostro relajado, despojado finalmente de la armadura de frialdad que portaba como un uniforme. Sin hacer ruido, continuó su camino. Minutos después, Victoria salió del baño envuelta en una toalla, el vapor aún pegado a su piel. Al ver que él seguía dormido, caminó hacia la cama y luego hacia el vestidor, dándose cuenta de un detalle logístico: no tenía más ropa. Tras pensarlo mucho, sus ojos se posaron en las prendas de Daniel. Eligió una de sus playeras —una que solo le había visto usar una vez— y unos jeans que le quedaban enormes, pero que logró ajustar a su cintura de modo que, contra todo pr
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