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La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de la habitación, bañando todo en una luz dorada y pálida. Victoria despertó primero; el silencio de la mansión era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de Daniel. Se cubrió con la sábana, moviéndose con cautela, y caminó hacia el baño. Al pasar junto al sillón, se detuvo unos segundos. Observó a Daniel, quien dormía con el rostro relajado, despojado finalmente de la armadura de frialdad que portaba como un uniforme. Sin hacer
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