Habían llegado al departamento, un espacio que se sentía demasiado amplio y silencioso para el caos que Victoria llevaba por dentro. Ella estaba frente al espejo del baño, bajo la luz blanca y cruda que no perdonaba detalles. El botiquín estaba abierto sobre el mármol, desordenado. La tela de la playera —la de él— se había pegado a la piel de su brazo, endurecida por la sangre seca.
Fue entonces cuando el teléfono vibró sobre la encimera. El nombre en la pantalla era el que ella había esperad