El jardín, antes un refugio de tregua silenciosa, se convirtió en una sala de interrogatorios bajo la mirada implacable de las dos mujeres más poderosas de su vida. Daniel no esperó a que ellas tomaran la palabra; se limpió el rastro de sangre de Victoria en el pantalón con un movimiento seco y las encaró.
—Daniel… —comenzó a decir Adele, con esa voz que solía doblegar voluntades.
—Solo díganme por qué Ricardo se siente triunfante —la interrumpió él, yendo directo a la yugular del problema.