Victoria salió del club con la respiración agitada y el pulso acelerado. Había regresado solo para cerrar ese capítulo, convencida de que no podía marcharse sin agradecer, pero la gratitud se convirtió en una trampa en cuanto pisó la acera.
—Señorita Rivera, tiene que acompañarnos —la voz, ruda y carente de matices, la heló.
Victoria no esperó a escuchar una segunda orden. Se negó con un gesto instintivo y se giró para correr. Los tacones golpeaban el pavimento con una torpeza peligrosa, re