—Si nos permiten —sentenció Daniel, rompiendo el círculo de miradas con una cortesía que no aceptaba réplicas.
Se alejó de la mesa llevando a Victoria de la mano, pero ella no se fue con las manos vacías. Antes de que el impulso de Daniel la arrastrara, tomó la copa de helado que les habían servido; necesitaba el frío del cristal y el azúcar para calmar el zumbido persistente que aún sentía en la cabeza tras el golpe de la noche anterior. Caminaron por el césped impecable hasta detenerse junt